28 septiembre 2012

El desierto de Sonora o la belleza de la soledad

Tengo una cierta debilidad por los desiertos. Aunque no he tenido muchas ocasiones de explorarlos -me quedan muy lejos de casa y habitualmente es muy caro hacer incursiones en ellos-, me seduce sobremanera su magnitud, su paisaje y los peligros que pueden entrañar. A fecha de hoy sólo he pisado el del Sáhara y el desierto de sal de Uyuni, aunque tengo en mi lista viajar algún día al del Gobi, al outback australiano y al desierto mexicano de Sonora. De ambas experiencias conservo muy buenos recuerdos: la soledad y ausencia de ruido, los colores del atardecer o el manto de estrellas en que se convierte el cielo son algunos de los más intensos.

El desierto más asequible para mí (por proximidad, precio y conexiones) es el de Sonora. El nombre me recuerda a una discoteca que había en mi barrio cuando era adolescente. En aquella época no sabía qué significaba hasta que un día vi por televisión un documental sobre este precioso paraje de comparten dos países: Estados Unidos de América (Arizona y California) y México (estado de Sonora). A pesar de no ser uno de los más famosos del mundo, tiene sus particularidades. Con sus 311.000 km2, Sonora es uno de los desiertos más grandes del planeta y uno de los más calurosos. Registra altas temperaturas durante el día, sin embargo goza de una peculiar variedad de flora y fauna, en la que destacan los cactus y los dientes de león florecidos.

La vida humana se antoja casi imposible (excepto para el grupo indígena Seri), pero no lo es para algunas especies animales como mamíferos (coyote, puma, zorro, liebre, conejo, roedores), aves (paloma, correcaminos, gorrión, codorniz, gavilán) así como arañas, escorpiones y gran cantidad de reptiles (lagartijas, culebras, iguanas, serpientes). Aunque parezcan muchos aninmales, que lo son, rara vez se puede ver uno mientras se camina. El paisaje y las sensaciones de estar solo ya son reclamo suficiente.

Y para los visitantes a los que se le quede corto Sonora, en las inmediaciones puede visitar otros desiertos como La Cuenca, el de Chihuaha o el de Mojave. En total, más de un millón de kilómetros cuadrados de sol, vientos y llanuras solitarias.

Tal vez cruzar un desierto en jeep no sea el mejor plan de vacaciones para mucha gente, pero para mi sí lo podría ser. La vida es precisamente eso, una gran paleta llena de colores.

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